«El cuento de la criada» (Margaret Atwood)

He perdido la cuenta del número de veces que he intentado escribir esta reseña. Este es, como mínimo, el cuarto intento que probablemente revisaré y no me gustará.

Además, mientras me autocompadezco y no paro de hablar de mí, recordaré a la maravillosa Vanesa (leed Nebesta, va a tener compilación) quejándose de las reseñas que hablan del que las escribe y no de la obra.

Vanesa, no creo que leas esto pero tienes razón. Y lo siento. Eres una maravilla y gracias por aguantarme.

Ahora sigamos con mis lamentos.

El cuento de la criada. No puedo separarlo en mi mente de Margaret Atwood y de lo que después de muchos meses leyendo sobre ella he aprendido. Pero cada vez que intento escribir de las dos cosas juntas pierdo el norte. El tema es demasiado grande, demasiado contradictorio, se aleja demasiado de la novela y mis sentimientos son muy pasionales.

Pero a la vez siento que ignorarla, aunque es de hecho lo que ella quiere (es fan de la teoría literaria de La muerte del autor de Barthes) hace que la reseña se quede coja. Muy coja.

Aún así, en esta versión, no voy a hablar de ella. Mi pequeño desafío es que he hablado tanto de mí, que soy la autora de esta reseña, que en el fondo no he separado obra de autor. JA. Toma eso.

Sí. Ya, vaya tontería acabo de decir. Espero que después de estas 250 palabras sin verdadero contenido estéis notando mi frustración.

Me centro.

Independiente de todo lo demás, El cuento de la criada es un libro horrible y maravilloso. Horrible porque no disfrutas ni un segundo, porque da miedo, porque le ves los dientes al lobo, miras el mundo y tiemblas. Porque el espejo frente al que te pone a veces la ciencia ficción cruza la línea del terror.

Maravilloso porque está muy bien escrito. Las frases son poderosas, está lleno de momentos memorables, es capaz de mezclar tiempos y dominar las pausas y tiene una prosa descarnada y bonita a la vez.

Lo que la novela nos propone es un Estados Unidos distópico, ahora llamado la República de Gilead. Es una teocracia fuertemente jerarquizada que intenta volver a unos supuestos valores bíblicos. La cultura se prohíbe, todo se codifica, todo se controla. El hombre está por encima de la mujer, el sexo es solo una herramienta de reproducción.

Junto al totalitarismo, ecología. Desperdicios nucleares, el valor de la comida y la pérdida de la fertilidad son tres de los elementos que mueven la historia antes y durante la narración.

Nuestra protagonista, Offred, es una mujer que tuvo una hija. El nuevo régimen encuentra valor en esta capacidad, niega la existencia de la infertilidad masculina y, después de arrancarla de una vida normal muy similar a la que tú y yo estamos viviendo ahora, la reeduca y viola una vez al mes con la esperanza de que se quede embarazada. Si no lo consigue en un período de tiempo específico, será condenada a muerte.

Pensad en Gilead como una estafa piramidal.

Un régimen que sucede porque unos pocos consiguen controlar a muchos construyendo una escalera de poder. Creando desconfianza entre los habitantes, jugando con los miedos legítimos de la población, van otorgando pequeños privilegios en diferentes sectores que aseguran que la gente se mantenga subyugada entre sí. Juegan, además, con lo vengativo de la naturaleza humana. Estoy segura de que todos conocéis a este tipo de persona que, como están amargados, necesitan que a todo el mundo les vaya mal.

Pues esos son ahora el típico jefecillo que se cree alguien y en realidad no es nada. Y aquí no tienen el poder de que te despidan o de hacerte el día un infierno. Aquí si se les cruzan los cables vas a terminar torturado o peor.

Las leyes son absurdas, tanto que prácticamente todos los personajes de la novela las incumplen. Todo el mundo sabe que son absurdas. Pero no son inventadas. Son cosas, todo, que tienen un paralelismo directo con discursos políticos que sucedían cuando se publicó y ahora. Si lo estáis pasando muy mal con las noticias, por lo que más queráis, no cojáis El cuento de la criada. Ni por curiosidad. Probablemente con lo que ya sabéis, porque es tan famoso que probablemente conocéis como mínimo algo, tenéis más que de sobra.

726 palabras después no he mencionado el feminismo. Ha sido intencional. Parte de mi dilema sobre hablar o no de Atwood.

Leyendo El cuento de la criada es casi imposible no hacer una lectura feminista. Pero El cuento de la criada no es una novela feminista.

Esto no es una tontería o algo que digo sabiendo que está mal, como la introducción que he hecho al empezar. Hablo en serio.

La verdad, no sé cómo enfocar esto autora mediante o no. He dudado muchísimo si quiera el mencionarlo. Pero si estáis leyendo esto es que ha tocado una de las versiones en las que me lancé y respiré hondo ante mi propia ignorancia y los pensamientos que se me agolpan.

El libro es abiertamente crítico con el feminismo como movimiento.

La madre de la protagonista es una feminista definida como radical. Lo que sabemos de ella es que llevaba a su hija a reuniones donde quemaban pornografía. Offred mantiene una relación difícil con su madre y en esta sección llega a aseverar que, aunque no con el desenlace esperado, ahora están en el mundo centrado en las mujeres que ella quería.

Más allá de esto, en el centro donde reeducan a las criadas, hacen hincapié en que el nuevo sistema sexual es una liberación para la mujer. Una salvación de esa pornografía, una dignificación del cuerpo. El uso que dios pretende.

Así Atwood ata lo que ve como dos extremos ideológicos. El integrismo religioso que convierte a la mujer en un recipiente reproductivo y el feminismo que busca también un control sobre la fisicalidad femenina.

Sin entrar en spoilers es un poco difícil adentrarse en todas las demás implicaciones, además no es una novela muy larga. Pero es un tema que ocupa un lugar prominente en la narración.

Y no se trata de que yo piense que una cosa está bien y la otra mal, no estoy dando mi opinión, se trata de que específicamente un objetivo de la novela es criticar el movimiento. Y no solo en su sentido radical y de una manera tan concreta.

Las amistades, todas, están fallidas. El amor romántico ha fallado también. Y, sin embargo, la manera en la que las relaciones entre mujeres son una decepción constante para Offred es el punto del universo de El cuento de la criada que más ha construido su personalidad.

Es, aunque sobre simplificando mucho, una exploración del tropo sobre que las mujeres son envidiosas y criticonas y no se pueden llevar bien entre sí.

Para esto sus personajes femeninos antagónicos están mucho mejor construidos que los masculinos, que son apenas una imagen borrosa a lo largo de la novela pese a su posición e innegable autoridad. Incluso la mujer más poderosa está constreñida por la misoginia, pero ellas se encargan de demostrar la fuerza del trozo de pastel que se quedaron en la estafa piramidal. De desatar su mezquindad.

No es, sea como sea, un caso de equidistancia extrema. De verdad, qué difícil es esto sin hablar de Atwood. Y a la vez, cuánto más difícil sería hacerlo.

Lo que El cuento de la criada intenta hacer es contar una historia de opresión a la mujer basada en motivos biológicos, políticos y religiosos sin decir que la mujer como individuo es víctima de esta opresión. Remarcar a cada paso su necesaria participación en el proceso ya sea de manera activa o pasiva. Las consecuencias de generalizar y hablar de la mujer como concepto, asumiendo que sabes lo que es mejor. La subyugación por el miedo y la ruptura de los vínculos afectivos.

No quiero decir con esto que para que una novela sea feminista tenga que hablar bien de las mujeres o el movimiento. O que la culpa tenga que ser solo de los hombres o cualquier cosa por el estilo.

De hecho, y esto sí es totalmente subjetivo, para mí el feminismo es una búsqueda de igualdad a través de un debate. Hay cosas que no son discutibles o negociables, pero yo desde luego no lo sé todo ni sé cuál es la mejor posición frente a todos los problemas del mundo. Y no creo que nadie lo sepa o que todos mis pensamientos y brújula moral sean inamovibles.

El caso con El cuento de la criada es que intenta, para mí de manera clara, no ser feminista. Y no es que todas las mujeres se odien, sean terribles, no haya nada de sororidad o Atwood defienda que los hombres sean mejores. Es que una y otra vez las decisiones que toma son enseñarte que la lucha social contemporánea y el movimiento no están funcionando. Y que, a la vez, nada de eso debería dar pie a lo que sucede. No lo están buscando, no lo están pidiendo. Es, de nuevo, una estafa piramidal.

En lo personal, si yo hubiera escrito esta novela habría hecho muchas cosas diferentes. Nada de eso impide que me parezca cuasi perfecta. Lo que sí quiero decir es que la parte de la amistad, aunque no quiero entrar en spoilers, sí que me molesta. Me molesta el significado emocional de dos partes concretas.

También, para ser justa, esta es una opinión a la que he llegado en la relectura y no tiene solo que ver con el libro. Es una mezcla de la situación mundial actual con haber leído más a Atwood.

Lo que sí que no ha cambiado es que no me gusta el final. Cero spoilers, pero, aunque lo entiendo y entiendo la importancia filosófica dentro de la historia, no lo soporto como experiencia lectora. Si el libro fuese un debate político sería ideal, pero es que tengo que tener ganas de terminarlo para que funcione.

Para ir concluyendo la entrada, que va a quedar larguísima, quiero detenerme un poco en la estética.

Atwood es una maestra de la escenografía. Hablando de regímenes autoritarios y nacionalismos en general, la importancia del diseño gráfico es siempre fundamental. Si quieres unir a la gente en torno a algo, crea símbolos. Los humanos nos movemos en torno a lo icónico y, en una sociedad que ha quitado la escritura del ambiente público, la fuerza es aún mayor.

A la vez así consigue que su frase más emblemática, un texto que la protagonista encuentra en secreto, se vuelva aún más importante. Y la intimidad que sientes mientras lees esta narrativa en primera persona, sabiendo que a ella se lo han quitado y tú tienes esto entre las manos, es aún mayor.

Nolite te bastardes carborundorum

En general, a mí me recuerda bastante a Momo o V de Vendetta en este aspecto. La construcción del mundo, la manera de construir nuevas dialécticas.

También he hablado ya algunas veces en Gorgonas de la tradición en el terror entre mujeres y casas. De Jane Eyre o El papel amarillo. Y diría que es obvio que Atwood tiene mucho de eso aquí.

Claro que no le hacía falta navegar mucho en otra literatura si quería hacer una novela con una vuelta a valores tradicionales. Lo doméstico y lo femenino son inseparables. Pero es en la pequeña habitación de Offred, la envidia que tienen otras mujeres de que ella pueda salir al exterior, la sensación de disociación entre lo que piensa y lo que dice, la palpitación de la desesperación y la locura donde encuentras los ecos.

Ahora, ya sí que sí, ha llegado la hora de cerrar esta extrañísima reseña. En realidad, si solo vais a recordar una cosa del cuento de la criada, que sea que hay libertad para y libertad de.

Que ningún cambio es de la noche a la mañana y la semilla de la guerra y el totalitarismo siempre están ahí. Que la palabra libertad no significa nada sin contexto. Que abracéis a vuestros amigos si los dos necesitáis un abrazo.

Y no dejéis que los cabrones os hagan polvo.



2 respuestas a ««El cuento de la criada» (Margaret Atwood)»

  1. Simplemente increíble reseña.
    Solo quiero volver a leer el libro para analizarlo profundamente 😁

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    1. Mil millones de gracias, me ha hecho mucha ilusión el comentario porque de verdad menudo dolor fue escribirla. Una pena no tener la capacidad de palabra de Atwood jajaja

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