Buffy, temporada 1. Inicio de una tragicomedia.

Es increíble lo que han cambiado las series de televisión en los últimos años. Tanto que, en muchos sentidos, revisionar se convierte en un ejercicio de nostalgia por un formato que las cadenas parecen dispuestas a matar.

De todas las temporadas de Buffy esta primera es la única corta: 12 capítulos frente a los 22 de todas las demás. Y eso podría acercarla a lo que se lleva ahora pero, incluso en este formato a media temporada, el estilo es diferente por completo.

Solo 4 capítulos y medio avanzan de verdad con la trama. Uno de ellos está dedicado en específico al interés romántico. Todo lo demás son aventuras autoconclusivas, mini historias de terror cargadas de humor que desarrollan personajes, construyen mundo y hacen piña. Los efectos y el maquillaje están diseñados para estirar el presupuesto y mantener el ritmo de producción. En cada capítulo puedes sentir a la perfección el sitio donde se iba a cortar para hacer la pausa publicitaria.

A mí me encanta. Obviamente, no soy una gran fan de que me paren el capítulo para meter anuncios. Pero el formato en sí es una cosa que adoro.

De hecho hay mucha gente que considera que esta temporada ha envejecido muy mal o que es prescindible. Y bueno, aunque a mí me encante, lo es. Pero la verdad es que es algo que se puede decir de casi cualquier show de antes. Empieza desde el principio, empieza a la mitad, ponte la segunda temporada. Ponte un capítulo suelto. Lo más probable es que le puedas seguir el ritmo. Estaban pensadas para que el espectador las encontrase haciendo zapping y se quedase en ellas. A partir de cierto punto en una serie larga sí que se resiente, pero para ese momento se asumía que ya formaba parte del conocimiento popular como para que pudieras hacerte un poco a la idea.

Pero bueno, centrémonos en Buffy.

Buffy es una adolescente que quiere ser normal y popular, quiere tener amigos, acabar el instituto, recuperar la aprobación de su madre. Pero también quiere cumplir con su deber como Cazadora, que la gente esté a salvo, impresionar a su Vigilante y tener intensos romances con un hombre mayor que viste de negro, es chulillo, oscuro, está triste y es un seductor.

Y, mientras tanto, un mal legendario se cierne sobre el mundo.

Su punto fuerte es que, al menos la mayor parte del tiempo, la serie sabe cuándo está siendo ridícula. Hay muchos motivos por los que es una de mis obras de ficción favoritas, pero quizá el que ha sido más significativo en mi vida es su enfoque de la tragicomedia.

Esta primera temporada es mucho menos trágica de lo que llegará a ser. Se baña en la tontería, utiliza los efectos a su favor y sabe que el terror inquietante funciona a la perfección mezclado con lo ridículo del día a día.

Buffy no necesita contarte algo espectacular o profundo para ser interesante. La manera en la que está hecha y el carisma de sus personajes, incluso en su inicio, hacen que funcione. Además la manera en la que usan los miedos e inquietudes de la cultura popular, como las marionetas, trabaja muy a su favor.

De estos 12 hay 2 capítulos que me gustan mucho menos que el resto y son en los que tiene más peso el chico del grupo de tres adolescentes protagonistas, Xander. Xander es, durante casi toda la serie, lo peor. Es cargante, desagradable, irritante, tonto y ridículo. No está mal escrito, porque el tópico que representa lo hace bien. Pero ojalá no le hubieran escrito porque no hay nada interesante en él.

Es especialmente desesperante la sensación de que en el fondo es buen chico que intentan colarte, porque no lo es.

Normalmente no me gusta hablar de manera tan tajante. Lo que a mí no me gusta puede ser el elemento favorito de otro. Pero Xander es una excepción, lo siento. Es una mancha enorme en una de las obras de ficción más importantes de mi vida y, ahora, un recordatorio constante del tremendo cabreo y decepción que tengo con Joss Whedon.

En fin.

El resto de capítulos me parecen todos geniales a su manera.

Os decía que hay uno de los clave, el séptimo de hecho, que se dedica al interés romántico. Nunca he sido una gran fan de Ángel, pero en el revisionado estoy viéndole de una forma un poco diferente. Tiene un potencial enorme, cuando le escriben como en el piloto, más chulillo, me gusta mucho más. Pero es justo en el que le desarrollan en el que empezamos con las caras de pena del actor, y eso hace que para mí pierda.

Aún así, me gusta mucho el capítulo. Y no soy fan del personaje como el gran, gran amor. Pero so no significa que no me guste dentro de la serie como personaje en sí.

Otra cosa que disfruto de esta temporada es el elemento tecnológico. Estrenada en el 97, estamos en los años en que los ordenadores de sobremesa empezaban a aparecer en las casas y los centros educativos querían incluir asignaturas de informática.

En Buffy buscaron aunar el elemento de folklore y magia con el nuevo mundo al que nos estábamos lanzando y lo hicieron genial. Además les doy puntos extras porque los dos personajes que destacan aquí son dos mujeres. Una profesora, que aquí no sale mucho pero hay que mantenerla en mente para el futuro de la serie, y la tercera del trío de adolescentes, Willow.

Prefiero a la Willow informática que la Willow bruja que aparecerá tiempo después. Adoro la dulzura que Alyson Hannigan le da al personaje en esta temporada.

Eso sí, hablando de mujeres. Una cosa de la que se habría beneficiado mucho es de tener a más en la dirección y el guion. Tiene a tres: Dana Preston, que guioniza uno. Ashley Gable, que guioniza dos, pero comparte créditos con un hombre (es una práctica bastante habitual). Y Ellen S. Pressman, que dirige uno. No coinciden juntas en ningún episodio, siempre que hay una en un lado en el otro hay un señor.

En el lado de los adultos, aunque no sale demasiado y a menudo no tiene sentido lo que pasa, la relación de Buffy con su madre es uno de los puntos clave aquí. La construcción que hacen funciona muy bien y da momentos que me gustan mucho. Aunque no hay nada que haga sombra en este terreno a Giles. Giles, el señor inglés que es una mezcla entre muy listo, muy tonto, imponente, ridículo y que está siempre actuado a la perfección.

Buffy como adolescente, que es lo que más mueve estos 12 episodios, funciona gracias a que ellos están ahí para generar el contraste y la pulsión. Y ay, qué bien lo hace Sarah Michelle Gellar. Este período de la serie es uno de los mejores para su bis cómica, su capacidad de demostrar que fue la chica popular de su clase tiempo atrás pero que es brutota, tontotorrona, pija y bien intencionada. Aunque a veces le pueden las hormonas y la edad.

Con eso trabaja durante unos diez capítulos. Hasta que, de pronto, el potencial de tragedia dentro de la comedia explota de verdad. Hay una frase en esta primera temporada (“Giles, I’m sixteen years old”) que me pone la piel de gallina.

Si no os está gustando no os obliguéis a verla. Pero, si os está entreteniendo aunque no os apasione, os aconsejo que intentéis llegar hasta aquí para sentir el peso del momento. Además todo lo que pasa a partir de ahí encadena algunas de las escenas más icónicas del personaje. Y, sobre todo, es uno de los puntos clave en la creación de la heroína que puede ser vulnerable, tener miedo, necesitar ayuda y a la vez salvarse a sí misma. Y hacerlo estupenda. Eso sí, reconozco que la ejecución de partes del final deja un poco que desear.



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