De la distopía estadounidense que Pohl y Kornbluth nos presentaron en Mercaderes del espacio nos vamos hasta Nigeria, en concreto a su capital, Abuya. A un relato corto de horror gótico sobre la cristalización de la desesperanza en situaciones de abuso y maltrato.
Se puede leer de forma gratuita en la revista Kaleidotrope
Joseph es un hombre homosexual, joven, que ha pasado por demasiado. Ha sufrido violencia física y psicológica, la situación social le impide conocer libremente a potenciales parejas, parte de su familia y él no son precisamente cercanos y el único hombre con el que parecía que podría encontrar la felicidad le ha dejado.
La sensación de impotencia, fracaso y miedo es tan fuerte que termina acudiendo a una especie de brujo con el título de baba. Su poder ha visto días mejores, su casa está en ruinas y, si Joseph quiere conseguir su venganza, tendrá que alimentarla con sangre.
La trama se mueve por un terreno más o menos típico: tratos con brujos a vida o muerte para obtener venganza, casas que son organismos vivos, romances malogrados. Pero la manera en la que Plangdi Neple lo aplica a la situación de un hombre homosexual en Nigeria y, en concreto, al significado que le damos a la vivienda, es lo que hace destacar al relato.
También ayuda que tenga momentos descriptivos bastante por encima de la media, en mi opinión. Aunque ahí entramos ya en un terreno mucho más subjetivo.
Volvamos al tema de la vivienda y a por qué he elegido este relato como parte del ciclo.
Abuya es una ciudad que se ha desarrollado muchísimo muy rápido. La verdad, tengo un desconocimiento sobre Nigeria y su situación bastante vergonzante. Muy superficial, muy tópico. Pero, cuando leí este relato, intentando decidir si mi percepción sobre lo que planteaba el autor el autor era correcta o no, estuve leyendo un poco sobre el sitio y mirando fotos de la capital.
Una vez que hice esto me reafirmé bastante. En mi opinión, es una historia sobre que la civilización contemporánea maquilla, a través de una imagen de racionalidad y progreso, los mismos impulsos y violencias que siempre han acompañado a la especie humana.
Cuando empieza el relato, Joseph entra en el hogar del baba en busca de su ayuda. La casa está viva, es un organismo terrorífico y, además, se encuentra en decadencia. Ha dejado de recibir sacrificios, la gente ha empezado a cambiar y a alejarse del que una vez fuera un hombre poderoso e importante.
Esa casa funciona como una representación de la cultura previa y de una espiritualidad perdida.
Todo lo que viene después, la historia de amor malogrado entre Joseph y Nonso, es el paradigma actual. Una relación que no tiene espacio en la vía pública y cuya ruptura llega a manos de la política, de la imagen y de lo socialmente apropiado.
El exterior de esta parte de la historia es siempre aceptable en lo estético, no es terrorífico, no es viejo, no está roto. Pero la violencia sigue ahí, constante, y empuja a Joseph a esa espiritualidad previa.
Las casas que están llenas (los momentos hogareños entre Joseph y Nonso) en realidad están vacías. Las casas vacías (la de baba) se llenan de sangre e ira.
El protagonista se llena de rabia, de deseos de venganza. Pero lo que queda después vuelve a ser, otra vez, el vacío.
¿Y por qué esta historia resulta especialmente relevante?
Por varios factores. El primero es que la izquierda ha trabajado mucho para reclamar la necesidad de que los colectivos discriminados puedan ocupar espacio en la vía pública. La pugna sigue siendo importante y, de hecho, en España se siguen oyendo muchos comentarios homófobos en la línea de “que hagan lo que quieran, pero en su casa”.
Lo que ocurre es que, ante una emergencia en materia de vivienda tan bestial como la que estamos viviendo, se vuelve igual de importante defender el espacio privado donde residimos. Y que entendamos que es algo básico, para todo el mundo, tener una casa. Pero también que hay colectivos que por un lado sufren a menudo una discriminación añadida a la hora de acceder a la viviena y que, además, tienen una vulnerabilidad especial al no tenerla.
Joseph y Nonso comen juntos en restaurantes, pero siempre hay una cierta tensión sobre qué puede desatar un problema. Y, si bien está claro que España no es Nigeria, también es bastante obvio que la homofobia, el racismo o el capacitismo siguen formando parte importante de la sociedad. No hay ningún país que se libre. En el relato podemos ver esos pequeños detalles que deja caer Neple, como Nonso trabajando en la cama con las gafas puestas, y que enseñan la verdadera intimidad.
El otro factor es la representación de la vivienda como un organismo vivo. Las casas son, en cierto modo, como la ropa: una imagen que damos de nosotros mismos. Son el contenedor de nuestra historia vital, de las heridas que sufrimos y de las fases por las que pasamos. Parte de nuestra vida social es poder llevar a nuestros amigos y familiares a nuestra casa. Pero claro, no es solo tener una casa. Es tener una casa digna. Una que de verdad pueda reflejar quién eres y no una en la que, lo único que se refleje, es lo que la sociedad quiere que sea tu personalidad: ser pobre.
Y es que cambiar mucho de casa porque quieres puede reflejar una parte de tu personalidad. No tener una casa fija porque no puedes habla de la sociedad, no de ti.
Al final, Full, Empty Houses, es una historia de horror sobre la imposibilidad de construir hogares en situaciones de injusticia extrema. Y ese es el motivo por el que el 24 de mayo toca manifestación en Madrid. A las 12 en Atocha.
Nota: la imagen de cabecera es una foto de Abuya subida a Unsplash por Sage David.

Deja un comentario