Hacía bastante tiempo que no me acercaba a la ciencia ficción de los años 50 pero, si hablamos de lo especulativo y vivienda, es el punto de partida obvio.
En Mercaderes del espacio Pohl y Kornbluth presentan un futuro distópico centrado en la publicidad. La democracia es solo una fachada, el mundo está colapsando por la contaminación, la libertad de expresión no incluye a lo que llaman Consies (claro guiño a los comunistas) y las empresas ejercen su voluntad a través de las agencias de marketing.
El protagonista, Mitchell Courtenay, es un publicista brillante. Tanto que es elegido para la promoción del colonialismo en Venus, un proyecto que debe vender como deseable pese a cómo va a empeorar la vida tanto de los que se queden en la Tierra, como de los que decidan apuntarse.
No obstante una serie de carambolas terminarán lanzándole al fondo de la pirámide social, lugar donde descubrirá el mundo real y del que tendrá que descubrir cómo ascender.
Lo que es el argumento, los personajes y sus relaciones, son muy flojos. También en representación de temas como el género te quedas un poco frío cuando no con una ceja levantada. Pasa mucho en la CiFi de estos años. Pero el tono satírico y, sobre todo, lo insoportable que es el protagonista son una delicia.
Dicho sea por delante a mí no me suelen gustar las historias de gente mala en la cúspide de la sociedad. No fui capaz de terminar Succession, no me llaman. Sin embargo esta novela, que además es muy muy cortita, tiene cosas que me pirran.
Veréis, las primeras páginas, la presentación del mundo de los ricos, es muy irritante y muy graciosa. Las excusas que se ponen a sí mismos para abusar, el lenguaje empresarial, están logradísimos. Pero la cúspide de la novela llega con la caída en desgracia. Cuando esperas ver operarse un cambio en el protagonista, al descubrir las condiciones a las que su trabajo ha sometido a la población, y no llega. Las cosas que dice y piensa, cómo actúa, le odio y me encanta como está escrito.
El final, eso sí, es un poco más pesado de leer. Como decía, lo que es la trama no funciona demasiado bien y el intento de desembrollar no tenía mi interés. Tiene cierta relevancia también que fue una publicación en fascículos, bajo el título Gravy Planet, de la revista Galaxy Science Fiction.
Dicho esto, estamos en un especial de vivienda y es el motivo por el que he elegido este trabajo de Pohl y Kornbluth. Así que desgranemos el asunto.
El libro empieza con el protagonista en su casa. Se está preparando para ir al trabajo y se permite el lujo de usar agua potable para limpiarse la crema de afeitar. Esto es muy relevante porque, una de las claves de la situación actual es la consolidación de lo malo como natural. Y lo que debería ser general como un lujo.
De ahí va a una reunión de trabajo. Los publicistas se felicitan a sí mismos sobre cómo manipulan a otra gente. Pero su organización es la de una estafa piramidal en forma de secta. Todos alaban al jefe como si fuera un dios, se dejan manipular por él a la hora de decidir qué es normal, qué merecen y por qué. Y, ahí, nada más empezar, en su primer discurso Fowler Schoken dice:
Tenemos una buea sala de reunines, caballeros. Como debe ser, ya que Fowler Schoken y Asociados es la agencia publicitaria más grande de la ciudad. Facturamos un megafolar a año más que cualquier otro. Y —miró a todos los que nos tenía a su alrededor— Creo que estaréis de acerdo conmigo en que a todos nos compensa. No creo que hayauna sola persona en esta habiación con una casa más pequeña de dos habitaciones.— Me guiñó un ojo— Incluso los solteros. En cuanto a mí, me ha ido bien. Mi casa de verano tiene vistas a uno de los parques más grades de Long Island.
Así que aquí tenemos a los hombres más exitosos de la ciudad. Celebrando un modelo que les permite, ojo al dato, casas de dos habitaciones. Mientras, su jefe, tiene como mínimo dos casas.
Como el texto sugiere, nadie juzga esta dinámica. Es más, el protagonista dice en un momento dado que apoya el sistema porque el sistema funciona. Y sin duda lo hace, para lo que está pensado.
Os adelantaba antes que, eventualmente, el protagonista se verá en la parte baja de la sociedad. El sitio concreto es una plantación en Costa Rica donde cada día de cobro, entre pago de deudas y seguros que son un timo, aumenta la deuda de los trabajadores. Además, para que la situación sea psicológicamente tolerable, el sistema se sostiene en diversas adicciones.
El lugar donde Mitchell va a vivir es una habitación compartida, llena de camas. Pero, siendo nuestro narrador, nos cuenta con tono celebratorio que no tienen el sistema de camas calientes. Solo trabajan durante las horas de luz así que, la litera que elija, será suya las veinticuatro horas.
No es la única cosa a celebrar. Al llegar podrían haberle mandado a la habitación doce donde, según sospecha, la violenta integración en el grupo podría haberle costado la vida. Os dije en la presentación que el miedo a cómo es una casa compartida, con gente a la que no conoces, es algo muy serio. Y me reafirmo.
Durante este período, además, está viviendo sus primeras relaciones con consumidores. Lo que más le choca es descubrir el tono despectivo con el que se habla de la publicidad (esa mierda) pero cómo, pese a ello, sigue funcionando.
Y me hace muchísima gracia cómo es incapaz de ver que también funciona en él. La manera en la que sigue siendo un idiota durante toda la pesadilla porque le han lavado el cerebro.
Leyendo cosas sobre el libro me ha sorprendido mucho ver a tanta gente asegurando que Pohl y Kornbluth erraron en su visión del futuro. Que la contaminación está teniendo soluciones (me río a punto de empezar otro verano de calor brutal en Madrid) o que la publicidad no es tan relevante. Yo, la verdad, creo que la esencia la clavaron.

Es cierto que las agencias de publicidad no dominan el mundo, entre otras cosas porque las compañías no quieren tener que pagarlas. Pero el marketing es la esencia del final del siglo XX y del principio del XXI.
Sobre todo ¿Qué son los influencers, si no publicistas? Eso por no hablar de cómo el periodismo ha sido fagocitado por la publicidad empresarial y la necesidad de crear personalidades reconocibles. De nuevo, influencers.
La clave principal está en la situación de la democracia. En cómo el gobierno de las corporaciones y, en concreto la tecnocracia, van ganando cada vez más y más espacio.
Y diréis, Tarsia, te has desviado de la vivienda. En realidad no. Volviendo al párrafo en el que introducía el tema, es fundamental a lo que se está construyendo que la sociedad considere lujos basados en mérito lo que deberían ser derechos básicos. Y esto, mis queridos lectores, es lo que hace la publicidad.
En un momento de la novela, Pohl y Kornbluth escriben que toda apelación a la razón es peligrosa. Que no puedes confiar en ella y que se descartó de la publicidad mucho tiempo atrás, sin ser nunca echada de menos. La sensación de lo que nos merecemos, el lenguaje empresarial de ganadores y perdedores, se basa muchísimo en esto. Si veis los discursos de políticos como Trump prima, una y otra vez, la apelación a los sentimientos. Los datos dicen X o Y, pero lo importante es qué percibe la gente.
Y una cosa que percibe la gente, y de esto no habla el libro de forma tan directa pero lo plantea, es que las carencias son mucho más tolerables cuando sientes que hay personas con menos que tú. Que lo que tienes es fruto de tu esfuerzo y no del azar, o de un sistema injusto. Y que, dado que tú has trabajado mucho, o tus padres, es que esa situación es algo a lo que cualquiera podría aspirar.
El protagonista, Mitchell, indudablemente trabaja mucho. Y cuando se ve en lo más bajo de la pirámide asume que puede salir de ella. Porque ¿por qué no se podría? El sistema funciona.
En palabras de los autores:
Todo lo que quieres es volver a ser clase estrella y comer y beber y dormir un poco mejor que todos los demás.
En este sentido ¿qué te impide tener una casa? Pohl y Kornbluth hablan varias veces de la escalera social. El protagonista no para de ver sus deudas aumentar, pero asume que un trabajador que lleva diez años en la plantación debe tener dinero. Hace mención a becas, a que los trabajadores recaen en aquello para lo que están más cualificados. Y, aunque se da de bruces una y otra vez con la realidad, su capacidad de negación no conoce límites.
También dice de sí mismo que es un hombre con mucha tolerancia, pero que un placer solitario sin publicidad es algo que no puede tolerar. Este momento me pareció tan actual que, si no fuera a la vez el momento más dramático de la novela, habría soltado una carcajada. Mencionaba la tecnocracia y el avance empresarial y este es uno de los ejemplos perfectos de cómo funcionan a través del marketing.
Primero una campaña antipiratería online bestial, después una alternativa juiciosa y sostenible en las plataformas como Netflix, la promesa de libros digitales asequibles y sistemas bibliotecarios amplios. Compras la idea ¿Y entonces? Sube el precio de la suscripción y, si quieres mantenerlo medianemente bajo: anuncios. Los libros digitales, además de caros, no te pertenecen. Lo mismo para los videojuegos. Dependes de sus plataformas, como Amazon Kindle, llenas de algoritmos que no son si no otra forma de publicidad, para poder acceder a tus lecturas. Las bibliotecas y centros culturales empiezan a depender de empresas privadas, lo que significa publicidad. Empiezan a prohibir libros. Y, en otro giro alarmente, empiezan a editar el contenido, haciendo desaparecer las pruebas.
La manera en la que esto se aplica a la vivienda es un poco retorcida. Pero una vez que lo ves no puedes no pensarlo. El tema es que, el sitio donde deberías tener más privacidad, donde recurrir a tus placeres solitarios, es tu casa. Y qué pasa con esto. Que si tener una casa es algo que no puedes dar por sentado, o si lo único que tienes es una habitación, estás mucho más sujeto a no ser el propietario de las cosas. Eso que dicen de que el saber no ocupa lugar, pues lo ocupa. Y mucho. Y si no tienes un sitio donde almacenarlo eres muchísimo más dependiente del sistema empresarial de préstamos y alquileres que intentan meternos por el gaznate.
Eso y que, como en Mercaderes del espacio teorizan los autores, que la gente tenga placeres sin propósito económico para ellos es una desgracia. Cosa que también está ligada hasta el infinito a la forma de ver las casas como un negocio y no una necesidad básica. No puede haber nada, sobre la faz de la Tierra, que la mentalidad empresarial no convierta en rentable. Todo tiene que producir beneficios y esos beneficios tienen que crecer todos los años.
Podría seguir hasta el infinito, pero esta entrada ya ha quedado demasiado larga. Si no os importa que la novela no sea muy redonda y que tenga cosas muy de señor de los años cincuenta, las partes de sátira merecen mucho la pena. Es un libro muy inteligente y que presenta de forma muy interesante las teorías de marketing más prevalentes en esos años.
Desde entonces solo se ha vuelto peor.
Y, como parte de luchar por una solución, el 24 toca manifestación en Madrid. A las 12 en Atocha.

- Título original: The Space Merchants
- Autora: Frederik Pohl y C.M. Kornbluth
- Traductor: Luis Domènech
- Publicación original: 1953
- Editorial: Minotauro
- Páginas: 256
- ISBN: 978-8445006795
- Precio: 18€
- Género: Ciencia Ficción, distopía, sátira
- Autoconclusivo

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