Veranos soñados, utopía publicitaria

Desde las webs y canales que hablamos de géneros especulativos tendemos a dejar de lado la publicidad, el marketing y las relaciones públicas. Y es algo curioso, porque, desde hace muchos años, son uno de los medios principales para la ciencia ficción y en concreto la utopía y la distopía.

Un caso paradigmático es el verano y, sobre todo, la idea del veraneo.

Estoy segura de que es mucho más fácil entenderlo con la Navidad. Que la Navidad tal y como la concibe el hogar medio español es una ficción creo que lo acepta más o menos cualquier adulto. En parte porque, para que los niños vivan la magia, todos tenemos que ser parte de la campaña.

Que el verano es como Los Reyes Magos, en cambio, no estoy segura de que todo el mundo lo vea tan claro. Así que hoy, en una primavera que nos castiga ya con temperaturas veraniegas, me he visto tentada a hablar de por qué. Y más porque estamos entrando en junio.

Y es que junio es un mes curioso. Pasado mediados entramos al verano pero, una vez que llega el día uno, casi nadie se acuerda de que aún seguimos en primavera. Esto tiene mucho que ver con el calendario escolar y la máquina publicitaria imparable y cada vez más rápida de la que se sirve el capitalismo. En junio se da el pistoletazo de salida a la era de las vacaciones. Nunca van a faltar las imágenes de las señoras mayores comiendo sandía o melón, las playas abarrotadas y los comentarios sobre la temperatura del mar, las noticias sobre la circulación en carreteras, canciones del verano, pelotas de playa y bañadores coloridos.

En lo personal, odio el verano, odio el calor, y la estética que rodea la idea contemporánea de esta estación en España me repele. Pero es, por algún motivo, la que se ha convertido en la imagen de la feliclidad.

Y esa felicidad no es una sugerencia social, es una obligación que se nos impone. El verano como concepto publicitario es una organización que hace el capitalismo de nuestro tiempo y de nuestros recursos. Es el período que se considera adecuado para descansar. Pero que tú descanses no da dinero per se. Así que tienes que ser un turista, porque la economía busca convertir tu tiempo libre en tiempo de consumo.

No estás en el trabajo pero tienes un trabajo nuevo: ser feliz y recargar pilas. Y si la experiencia de atascos insoportables, los chiringuitos carísimos llenos de gente y las peleas por los sitios en la playa no te han hecho sentir bien y no te han dejado fresco como una lechuga para reincorporarte al trabajo, es que tienes un problema tú, a nivel personal. No es la sociedad, en absoluto ¿No has visto lo sonriente que está la gente en los anuncios?

Lo mismo deberías ir al psicólogo.

Y, por supuesto, no te olvides de hacer fotos. Porque la mejor publicidad es la que sale gratis (al sistema, no a ti, que te has comprado el móvil y la cámara). Y ahí estamos todos enseñando las pruebas de que durante unos días nos fuimos a ser felices.

Porque el verano, igual que la Navidad, trata de dos cosas: de contentarte, de decirte que tu trabajo no paga solo tu comida si no tu tiempo de ocio, y también de ser aspiracional. Porque, por supuesto, hay otro matiz a que la culpa de no ser feliz en la estación del descanso solo puede ser tuya: que esa infelicidad se curaría con más dinero.

El propio cuerpo humano se vuelve material de esta ficción. Aunque abundan las representaciones que buscan ser cotidianas (señores con barriga en bares, por ejemplo), el verano está completamente asociado a la imagen de la belleza imposible. De gente que está bebiendo y comiendo mientras se les marcan completamente los abdominales, con un sudor puramente estético y un pelo que resiste la humedad más persistente.

Y, de nuevo, si no estás cumpliendo ese estándar es porque tú tienes un problema. No has hecho las dietas correctas, no has descubierto cuál es el bikini de moda. Eso sí, mientras seas joven. Ten mucho cuidado porque, para la sociedad, hay una fina línea entre cuidarse, el hedonismo y lo ridículo que es que una persona mayor haga tal o cual. No te olvides de la fecha de caducidad.

Pero esta utopía ficiticia, que solo vive en la publicidad, se sustenta además en un reverso aún más tenebroso. El verano dura varios meses, y, en el imaginario colectivo, incluso se come parte de la primavera. A nivel de temperatura, además, el cambio climático está acabando también con el otoño. Pero tus vacaciones solo duran unos días. Y entonces tienes que enfrentarte al sistema que las sostiene.

Si el turismo masivo ya presenta problemas en días normales, en las temporadas que se ha estimado como ideales para las vacaciones es una disrupción absoluta. Abres las ventanas a un mundo de ruido y fiesta, el calor aprieta y las únicas horas a las que se puede descansar un poco es cuando tienes que madrugar para irte al trabajo. Si puedes pagar un aire acondicionado sufrirás los dolores de garganta. Si no puedes pagarlo vas a querer arrancarte la piel a tiras. Transportes sin aire acondicionado, colapsados. Falta de sombra, falta de espacio en general. Si trabajas en hostelería, el infierno te espera cada día durante jornadas laborales que, en una cantidad de casos demencial, incumplen las ocho legales.

Creo que todavía no he conocido ningún verano sin que muera algún trabajador por golpe de calor.

Las imágenes de felicidad que inundan la vida pública estos meses son un cartel que tapa las profundas desigualdades térmicas a las que nos somete el verano.

Es bastante perversa la insistencia mediática en que la experiencia común al verano, la imagen del verano en sí misma, es la sonrisa vacacional. Cuando la experiencia común real, lo que más ciudadanos viven a lo largo del período estival, es la frustración, el hastío, la deshidratación y la sensación de que hay algo mal con uno mismo. Que si tan solo te esforzases un poco más, quizá, la situación podría ser otra.

Para la mayor parte de la gente esas imágenes de falsa utopía veraniega no son un relato si no una parte de la vida a la que pertenecen. Como si el problema real al que se enfrentan no fuera algo estructural y diseñado, si no una situación individual y momentánea.

Y es que el verano como ficción publicitaria no está basado en una experiencia empírica real, si no en una repetición tan constate que forma parte del imaginario colectivo. Es una parte tan enorme de nuestra vida que es difícil reconocer que es una mentira y, además, una tan grande. Incluso, a pesar de que partes de todo este post son conversaciones cotidianas que más o menos todo el mundo ha tenido, es el diagnóstico de lo que falla donde la gente se sigue aferrando a la mentira.

Porque, de hecho, también existe la publicidad diseñada a solucionar tus problemas con el verano.

Quizá eso es, al final, lo más inquietante. No que el verano sea una ficción construida bajo unos intereses económicos y estructurales precisos, si no que, en el fondo, lo sabemos. Pero es mucho más fácil cargar con una incomodidad individual que decidir qué hacer sobre una colectiva.

Estamos tan aferrados a la idea de que el sistema actual sería el mejor de los mundos posibles con tan solo unos ajustes económicos que, estas pequeñas utopías vacacionales, se han convertido en el objetivo. Lo máximo con lo que podemos soñar.

Pero en realidad aún es primavera, son las cuatro de la mañana y seguimos a 25 grados.

Y yo todo lo que quiero es que se acabe esta pesadilla.



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